La Mujer que Cortó los Corsés y Nunca Pidió Permiso
Gabrielle Chanel tenía 27 años cuando abrió un taller de sombreros en París que nadie pidió. Treinta años después, había liberado a las mujeres de los corsés, inventado el perfume más famoso del mundo y creado un uniforme que todavía define elegancia. Esta es la historia de una huérfana que se convirtió en revolución, contada desde los momentos en que nadie creía en ella—y los momentos en que demostró que todos estaban equivocados.

Fashion Wave

París, 1910, Rue Cambon 21
Gabrielle Chanel tiene 27 años, una deuda considerable y un taller de sombreros que nadie le pidió que abriera. Su amante, Boy Capel, le prestó el dinero. Sus "amigas" de alta sociedad le dijeron que era una locura. Las modistas establecidas de París ni siquiera la consideran competencia seria.
Está parada en su diminuto local en Rue Cambon mirando los sombreros que creó. Son simples. Peligrosamente simples. En una época donde los sombreros de mujer parecen jardines botánicos enteros—plumas de avestruz, flores artificiales, cintas, encajes, pájaros taxidermizados (sí, pájaros taxidermizados)—los de Gabrielle son... líneas limpias. Tela de calidad. Forma. Nada más.
"Van a decir que son aburridos", le dice su asistente, una chica de 19 años que Gabrielle contrató porque necesitaba el trabajo, no porque supiera algo de sombreros.
"Que lo digan", responde Gabrielle, ajustando un sombrero negro sobre un maniquí. "Los sombreros que usan ahora pesan tanto que les dan dolor de cabeza. Los míos pesan nada. ¿Cuál crees que van a elegir cuando se den cuenta de que no tienen que sufrir para ser elegantes?".
Su asistente no está convencida. Gabrielle tampoco, si es honesta consigo misma. Pero tiene este talento extraño para comportarse como si estuviera absolutamente segura incluso cuando está aterrorizada. Lo ha tenido desde niña, desde el orfanato, desde los años cantando en cafés provincianos bajo el nombre "Coco"—un apodo que odiaba pero que se quedó pegado como chicle en el zapato.
La primera clienta entra tres horas después de la apertura. Es una de las amigas de Gabrielle, lo cual significa que no cuenta realmente como clienta. Pero compra dos sombreros. Y a la semana siguiente trae a una amiga. Que trae a otra amiga. Que trae a otra.
Seis meses después, Gabrielle Chanel tiene lista de espera para sus sombreros.
Un año después, las mujeres más elegantes de París llevan sus creaciones.
Tres años después, abre una boutique en Deauville y otra en Biarritz. Ya no solo hace sombreros. Hace vestidos. Vestidos que, al igual que los sombreros, son peligrosamente simples. Y que, al igual que los sombreros, liberan a las mujeres de algo que no sabían que necesitaban abandonar.

En un taller de costura de París, 1914, una conversación que cambiaría todo
"No puedo respirar con esto puesto", le dice la clienta a Gabrielle, ajustándose el corsé bajo el vestido que está probándose.
Gabrielle la mira. La mujer es esposa de un industrial rico. Tiene todo lo que se supone que una mujer debe querer en 1914: marido, dinero, estatus. Y no puede respirar.
"Entonces no lo uses", responde Gabrielle.
La clienta ríe. Piensa que es broma. "¿Y qué voy a usar? ¿Nada debajo del vestido? Sería escandaloso. Sería... no sé. ¿Qué sostendría mi figura?".
Gabrielle toma un género de punto que estaba usando para otra cosa. Jersey. Un material que tradicionalmente se usa para ropa interior masculina, no para vestidos de mujer. Lo sostiene contra la clienta. "¿Y si el vestido mismo sostiene tu figura? ¿Y si no necesitas corsé porque el vestido está diseñado para tu cuerpo real, no para la versión torturada de tu cuerpo que el corsé crea?".
La clienta la mira como si Gabrielle acabara de sugerir que vuelen a la luna. "Eso es... no sé si eso es brillante o absurdo".
"Probablemente ambas cosas", admite Gabrielle. "Pero al menos podrás respirar".
Hace el vestido. Jersey de punto. Líneas rectas. Sin corsé. La clienta lo usa para almuerzo con amigas. Sus amigas quedan horrorizadas. "¿Dónde está tu figura?", pregunta una. "Pareces... no sé. Cómoda. Pero no elegante".
La clienta responde algo que Gabrielle le había dicho: "¿Y si comodidad ES elegancia? ¿Y si hemos estado confundiendo elegancia con sufrimiento todo este tiempo?".
Silencio en la mesa. Porque todas saben—absolutamente todas saben—que tiene razón. Que han estado confundiendo las dos cosas. Que la elegancia les ha costado costillas rotas, desmayos, años de dolor crónico de espalda.
Para fin de mes, cinco de esas mujeres están usando vestidos de Chanel. Para fin de año, cincuenta. Para final de la guerra en 1918, Gabrielle Chanel ha liberado a las mujeres francesas del corsé.
No con activismo. No con manifestaciones. Sino con vestidos tan hermosos, tan elegantes, tan cómodos que las mujeres simplemente... dejaron de usar corsés. Porque pudieron. Porque finalmente alguien les dio alternativa.
Grasse, 1920, en un laboratorio de perfumista, Gabrielle busca un olor que no existe
Ernest Beaux, el perfumista, la mira con algo entre fascinación y frustración. Gabrielle Chanel lleva tres meses diciéndole que ninguno de los perfumes que crea es correcto.
"Mademoiselle Chanel", dice con paciencia que claramente está agotando, "he creado fragancias para la familia imperial rusa. He trabajado con las mejores casas de perfume de Europa. Sé lo que estoy haciendo".
"No dudo que sepa", responde Gabrielle, oliendo el frasco que acaba de presentarle y haciendo mueca de desagrado. "Pero esto huele a... a abuela. A polvo. A pasado. Yo no quiero olor de pasado. Quiero olor de ahora. De modernidad. De mujer que trabaja, que viaja, que vive".
"Los perfumes de mujer huelen a flores", explica Beaux, como si estuviera hablando con niña particularmente terca. "Rosas, jazmines, violetas—".
"Aburrido", interrumpe Gabrielle. "Predecible. Cuando un hombre huele a mujer que pasa, no debe pensar 'ah, huele a flores'. Debe pensar 'quién ES ella'. Debe recordarla. Debe no poder quitársela de la cabeza".
Beaux suspira. Pero esa noche, en su laboratorio, intenta algo que nunca ha intentado antes. Mezcla aldehídos—compuestos sintéticos que normalmente usa con extrema moderación—en cantidades que rompen todas las reglas de la perfumería clásica. El resultado es algo que no huele a nada natural. No huele a flores. No huele a jardín. Huele a... química. A modernidad. A futuro.
Se lo presenta a Gabrielle al día siguiente, casi disculpándose. "Es experimental. Probablemente demasiado extraño para el mercado. Pero es lo más moderno que puedo crear".
Gabrielle lo huele. Cierra los ojos. Silencio largo, tan largo que Beaux empieza a sudar.
"¿Cuántas muestras me trajiste?", pregunta finalmente.
"Diez. Numeradas del uno al diez. Ese es el número cinco".
"El número cinco", repite Gabrielle. Abre los ojos. Está sonriendo. No sonrisa educada. Sonrisa de alguien que acaba de encontrar exactamente lo que estaba buscando. "Perfecto. Lo llamaremos Chanel N°5".
"¿Qué? ¿Por qué? Los perfumes tienen nombres románticos. Rêve d'Orient. L'Heure Bleue. Nombres que evocan—".
"Números evocan modernidad", interrumpe Gabrielle. "Evocan laboratorio, ciencia, precisión. Este perfume no es romance tonto. Es química. Es arte. Es revolución en botella. Se llama Chanel N°5 porque es la quinta muestra que me mostraste y porque cinco es mi número de suerte y porque quiero que cuando las mujeres lo vean en sus tocadores recuerden que fueron creados en laboratorio por hombre de ciencia, no recolectado en jardín por campesina con canasta".

Lanza Chanel N°5 en 1921. Es éxito inmediato. No solo en Francia. En todo el mundo. Porque Gabrielle tenía razón: las mujeres no querían oler a jardín. Querían oler a futuro. Y Chanel N°5 olía exactamente a eso.
En 1953, Marilyn Monroe le dirá a reportero que lo único que usa para dormir son "cinco gotas de Chanel N°5". La frase se volverá legendaria. El perfume se volverá inmortal.
Pero en 1921, en ese laboratorio en Grasse, solo es una mujer terca diciéndole a perfumista que lleva treinta años en el negocio que está haciendo todo mal. Y teniendo razón.
París, 1925, Gabrielle diseña un uniforme que todavía no sabe que será uniforme
El tweed llega a sus manos casi por accidente. Está en Escocia, de visita en propiedad de Hugh Grosvenor, el Duque de Westminster (su amante en ese momento, porque Gabrielle colecciona amantes poderosos como otras mujeres coleccionan joyas). Los hombres están usando chaquetas de tweed para cazar. Material grueso, texturizado, práctico.
Gabrielle toca la tela de una de las chaquetas. "Esto", dice en voz alta, aunque nadie le preguntó, "esto sería perfecto para chaqueta de mujer".
Hugh ríe. "Darling, es tela de trabajo. Para el campo. Para hombres. Las mujeres usan seda, terciopelo—".
"Las mujeres usan lo que les dicen que usen", corrige Gabrielle. "Hasta que alguien les muestra algo mejor".
De vuelta en París, ordena tweed. Pero no cualquier tweed—tweed tejido en Escocia según especificaciones que ella misma diseña. Más suave que el tweed tradicional. Más refinado. Pero manteniendo esa textura, ese peso, esa sensación de sustancia.
Diseña una chaqueta. Líneas rectas. Sin cintura marcada. Bolsillos funcionales (porque Gabrielle odia cuando los bolsillos son decorativos—"¿para qué sirve bolsillo si no puedes meter las manos?"). Botones dorados. Y el toque de genialidad: una cadena dorada cosida al interior del dobladillo para que la chaqueta cuelgue perfectamente, con peso exacto.
La combina con falda hasta la rodilla. Más larga de lo que está de moda, pero más corta de lo que es "respetable". El largo perfecto para mujer que necesita moverse, trabajar, vivir.
"Es demasiado simple", le dice una de sus asistentes cuando ve el prototipo. "No hay nada especial. Solo es chaqueta y falda".
"Exactamente", responde Gabrielle. "Es TAN simple que cualquier mujer puede usarlo. Secretaria, duquesa, estudiante, empresaria. No importa. Todas se ven elegantes. Todas se ven poderosas. Todas se ven como si supieran exactamente lo que están haciendo".
Presenta el "Chanel suit" en su colección de otoño de 1925. La recepción inicial es... tibia. Los editores de moda lo encuentran aburrido. Demasiado masculino. Sin suficiente drama.
Pero las mujeres—las mujeres que realmente tienen que vestirse cada mañana y salir a trabajar, a vivir, a existir en el mundo—las mujeres lo entienden inmediatamente. Porque Gabrielle no diseñó vestido para ocasión especial. Diseñó uniforme para vivir.
En 1930, el traje Chanel es THE look de la mujer moderna europea. En 1950, lo será para la mujer moderna americana. En 2025, seguirá siendo sinónimo de elegancia atemporal.
Porque resulta que cuando diseñas algo perfecto—tan perfectamente equilibrado entre comodidad y elegancia que no necesita mejorarse—se vuelve inmortal.
París, septiembre de 1939, Gabrielle toma la decisión más controvertida de su vida
"Cierro todo", anuncia Gabrielle a sus empleados. Francia acaba de entrar en guerra con Alemania. París está en pánico. Y Gabrielle Chanel, en la cúspide de su poder, decide cerrar su casa de moda.
"¿Qué? ¿Por qué?", preguntan sus gerentes, horrorizados. "Las otras casas se están quedando abiertas. Schiaparelli, Lanvin—todos se están adaptando. Podemos hacer uniformes, podemos—".
"No es tiempo de moda", interrumpe Gabrielle. Su voz es plana, final. "Es tiempo de sobrevivir. Cierro todo excepto la perfumería y los accesorios. Los vestidos, las colecciones, las pasarelas—todo cerrado".
Lo que no dice en voz alta, lo que no puede decir, es que está cansada. Tiene 56 años. Ha peleado cada batalla sola durante treinta años. Ha revolucionado la moda tres veces. Y ahora Europa está desgarrándose de nuevo y ella simplemente... no puede. No en este momento.
Cierra la casa. Despide a sus empleados. Se muda al Ritz. Y allí se queda, en una especie de exilio autoimpuesto, durante los años más oscuros del siglo XX.
Los años de la guerra son... complicados. Gabrielle toma decisiones cuestionables. Se involucra con oficial alemán. Vive en París ocupado mientras otros diseñadores huyen o resisten. Estas decisiones la perseguirán. Deberían perseguirla. Después de la liberación, hay voces que la acusan de colaboracionista. Gabrielle usa conexiones poderosas para evitar proceso legal. Se exilia en Suiza.
Durante nueve años, la casa de Chanel permanece cerrada. Durante nueve años, las mujeres usan trajes Chanel de antes de la guerra, cada vez más gastados, porque nadie más está haciendo nada igual.
Durante nueve años, Gabrielle Chanel es nombre del pasado.
París, febrero de 1954, Gabrielle regresa y todos piensan que es un error
Tiene 71 años. Ha estado en Suiza desde el final de la guerra. Y ahora, en 1954, anuncia que va a reabrir su casa de moda y presentar nueva colección.
"Es demasiado vieja", dicen los editores de moda de París. "Su tiempo pasó", dicen sus competidores. "Christian Dior es el rey de la moda ahora, con su New Look. Nadie quiere los diseños simples de Chanel. Las mujeres quieren glamour, quieren volumen, quieren—".
"Corsés", interrumpe Gabrielle cuando alguien le cuenta lo que dicen. Está en su atelier en Rue Cambon, el mismo lugar donde comenzó hace cuarenta y cuatro años. "Quieren que las mujeres vuelvan a usar corsés. Quieren devolverlas a 1910. Pues no. No si puedo evitarlo".
El día del desfile, 5 de febrero de 1954, está nerviosa. No lo demuestra—nunca lo demuestra—pero sus manos tiemblan ligeramente cuando fuma su cigarrillo tras cigarrillo, escondida al final de la pasarela como siempre hace, observando a través de un espejo.
Las modelos salen usando los diseños que definieron su carrera: chaquetas de tweed, faldas a la rodilla, cadenas doradas, perlas. Ningún corsé. Ninguna cintura imposiblemente ceñida. Ninguna falda que requiera tres personas para ayudarte a sentarte. Solo elegancia simple, funcional, perfecta.
La prensa francesa la destruye. "Desastre melancólico", escribe un crítico. "Un fantasma del pasado tratando de ser relevante", dice otro. "Pobre Mademoiselle Chanel, debería haber permanecido en Suiza", sentencia un tercero.
Gabrielle lee las críticas en su suite del Ritz esa noche. Fuma. Bebe champagne. No llora. Nunca llora. Pero está considerando que tal vez, finalmente, cometió un error. Que tal vez ya pasó su tiempo.

Nueva York, marzo de 1954, Life Magazine publica algo
"French Fashion: The Return of Chanel", dice el título. El artículo es... entusiasta. Los editores americanos, a diferencia de los franceses, están encantados con la colección. "Practical chic", la llaman. "Clothes you can actually wear to work", escriben. "Fashion for the modern American woman".
Las compradoras de los grandes almacenes americanos leen el artículo. Y ordenan. Y ordenan. Y ordenan.
Para junio de 1954, los trajes Chanel se están vendiendo masivamente en Estados Unidos. Las mujeres americanas—secretarias, ejecutivas, amas de casa que quieren verse elegantes para almuerzo—todas quieren ese look. Simple. Elegante. Cómodo. Atemporal.
Para diciembre de 1954, la prensa francesa está comiendo sus palabras. "Triunfo inesperado", titulan ahora. "El genio de Chanel prevalece", escriben, como si no la hubieran destrozado diez meses antes.
Gabrielle nunca les perdona del todo. Pero tampoco necesita su perdón. Tiene algo mejor: tiene razón. De nuevo. Como siempre.
Rue Cambon, un día cualquiera de 1969, Gabrielle en su elemento
Tiene 86 años. Trabaja todos los días. Vive en el Ritz pero cada mañana camina (camina, no la llevan) a su atelier en Rue Cambon. Se sienta en las escaleras del salón de exhibición, en el mismo lugar donde ha estado sentándose durante décadas, observando sus desfiles reflejados en espejos porque se niega a sentarse entre el público.
"Mademoiselle, debería descansar", le dice una de sus asistentes. "Ha estado trabajando ocho horas sin parar".
"Descansaré cuando esté muerta", responde Gabrielle, ajustando la cadena de una chaqueta en la modelo frente a ella. "Que será pronto, probablemente. Pero hasta entonces, trabajo".
Sus manos, arrugadas y manchadas de edad, se mueven con la misma precisión que cuando tenía 27 años y abría su primer taller. Conoce tela como músico conoce su instrumento. No necesita pensar. Solo siente, ajusta, perfecciona.
"¿Por qué todavía trabaja tanto?", pregunta la joven asistente, genuinamente curiosa. "Ya probó todo lo que tenía que probar. Ya cambió la moda. Ya es leyenda".
Gabrielle la mira. Sus ojos, detrás de las gafas oscuras que siempre usa, son agudos. "Trabajo porque si dejo de trabajar, dejo de existir. Simple como eso. Soy lo que hago. Y lo que hago es crear ropa que libera a las mujeres de estupideces que les dijeron que tenían que soportar".
Muere dos años después, el 10 de enero de 1971, en su suite del Ritz. Tiene 87 años. Estaba preparando su próxima colección hasta el día anterior.
Sus últimas palabras, según la leyenda, son dirigidas a la doncella que la está atendiendo: "Esta es la manera de morir. Trabajando".
París, 1983, doce años después, un alemán con coleta salva el legado
Karl Lagerfeld tiene 50 años, reputación controversial y acababa de aceptar el trabajo más difícil de la moda: convertirse en director creativo de Chanel. La marca está luchando. Desde la muerte de Gabrielle, ha sido serie de directores creativos sin visión clara. Las ventas están cayendo. La marca que una vez fue sinónimo de revolución ahora es sinónimo de... abuela elegante. Respetable pero irrelevante.
"¿Por qué aceptaste esto?", le pregunta Anna Piaggi, la legendaria editora italiana, en cena días después del anuncio. "Es trabajo imposible. Cómo compites con un fantasma?".
Karl sonríe. Es sonrisa de alguien que ama desafío imposible. "No compito con el fantasma. Canalizo el fantasma. Gabrielle no creó museo. Creó revolución. Y las revoluciones no se preservan en ámbar. Evolucionan o mueren".
Su primera colección para Chanel, presentada en enero de 1983, es... extraña. Toma todos los códigos de Chanel—el tweed, las cadenas, las perlas, el negro y blanco—y los tuerce. Los exagera. Los hace más grandes, más atrevidos, más... Karl.
"Está arruinando el legado", dicen los puristas. "Está traicionando la visión de Gabrielle", dicen los críticos. "Esto no es Chanel", dicen todos.
Karl lee las críticas con mismo tipo de sonrisa que probablemente Gabrielle tuvo cuando la criticaron en 1954. "Dicen que no es Chanel. Pero ¿saben qué ES Chanel? Es provocación. Es romper reglas. Es hacer que la gente diga 'eso es ridículo' y luego, cinco años después, hacer que todos lo usen. ESO es Chanel. Y eso es exactamente lo que voy a hacer".
Y lo hace. Durante treinta y seis años, Karl Lagerfeld toma la esencia de Chanel—la irreverencia, la elegancia funcional, la negativa a ser ignorada—y la reinventa para cada nueva década.
Hace desfiles en supermercados recreados en el Grand Palais. Convierte modelos en astronautas con cascos de tweed. Crea sneakers Chanel. Hace que Pharrell Williams use chaqueta Chanel en los Grammy. Fotografía las campañas él mismo. Convierte cada desfile en evento cultural que trasciende moda.
Los puristas nunca dejan de quejarse. Karl nunca deja de innovar. Y Chanel, bajo su dirección, se convierte en la marca más rentable de la moda de lujo, generando miles de millones de dólares al año.
París, febrero de 2019, el final de otra era
Karl Lagerfeld muere el 19 de febrero de 2019, a los 85 años. Como Gabrielle, trabajó hasta casi el final. A diferencia de Gabrielle, dejó marca tan indeleble en Chanel que es imposible imaginar la marca sin él.
Su último desfile para Chanel, presentado semanas después de su muerte, es tributo silencioso. Las modelos caminan. La música suena. Pero su silla al final de la pasarela—la silla donde se sentaba para saludar después de cada desfile—está vacía.
Cuando la última modelo sale, cuando la música termina, el público se queda en silencio. No aplauden inmediatamente. Porque todos están mirando esa silla vacía y entendiendo que acaban de presenciar el final de era que duró treinta y seis años.
Finalmente, alguien empieza a aplaudir. Luego todos. Aplauden durante diez minutos. No por la colección—aunque es hermosa—sino por el hombre que tomó el legado de una mujer terca de provincia francesa y lo convirtió en fenómeno global que define lujo moderno.
Rue Cambon, 2025, el legado continúa sin sus creadores
La boutique de Chanel en Rue Cambon 21 sigue abierta. El mismo lugar donde Gabrielle abrió su primer taller de sombreros en 1910. Ciento quince años después, las mujeres siguen entrando buscando ese uniforme perfecto—chaqueta de tweed, cadena dorada, perlas—que les permita sentirse elegantes sin esfuerzo.
La escalera donde Gabrielle se sentaba a observar sus desfiles sigue ahí. Preservada como reliquia. Los espejos donde observaba el reflejo de las modelos en lugar de verlas directamente siguen colgados en las mismas paredes.
Virginie Viard, directora creativa desde la muerte de Karl, continúa diseñando colecciones que honran el legado pero miran hacia adelante. Porque eso es lo que Chanel siempre fue: respeto por el pasado pero negativa absoluta a vivir en él.
En el desfile de alta costura de primavera-verano 2025, las modelos salen usando variaciones del traje Chanel. Cien años después de que Gabrielle lo creara. Y todavía—TODAVÍA—se ve moderno. Todavía se ve relevante. Todavía se ve como el uniforme de mujer que sabe exactamente lo que está haciendo.
Lo que realmente dejaron
Una mujer en Tokio se pone chaqueta Chanel antes de reunión importante. Le da confianza que no sabía que necesitaba.
Una estudiante en Nueva York rocía Chanel N°5 antes de su primera entrevista de trabajo. Su abuela usaba ese perfume. Le hace sentir que lleva poder generacional en su piel.
Una ejecutiva en Londres compra su primer traje Chanel a los cuarenta. Es inversión ridícula. Pero cuando se lo pone, entiende: no está comprando ropa. Está comprando permiso para ocupar espacio sin disculparse.
Eso es lo que Gabrielle Chanel realmente dejó. No solo ropa. No solo perfume. Sino permiso. Permiso para ser cómoda y elegante. Permiso para rechazar sufrimiento como precio de belleza. Permiso para usar ropa que te sirve a ti en lugar de servir a la ropa.
Karl Lagerfeld tomó ese permiso y lo amplificó. Lo gritó. Lo fotografió. Lo convirtió en fenómeno que trascendió moda y se volvió cultura.
Y ahora, en 2025, ciento quince años después de ese primer día aterrador en Rue Cambon cuando Gabrielle tenía 27 años y una deuda considerable, su legado no solo sobrevive. Prospera.
Porque resulta que cuando creas algo verdaderamente perfecto—tan perfectamente equilibrado entre forma y función que no necesita mejorarse—no solo diseñaste ropa.
Diseñaste inmortalidad.
Y la inmortalidad, como Gabrielle misma, nunca pide permiso. Simplemente llega. Ocupa espacio. Y se niega absolutamente a irse.
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Redactor especializado en moda y tendencias para Fashion Wave.
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