El Día que Nueva York Volvió a Ser el Centro del Mundo de la Moda
Durante seis días de septiembre, Manhattan se transformó en el epicentro donde diseñadores, modelos y editores escribieron el futuro de la moda. Desde el amanecer hasta las primeras horas de la madrugada, 62 desfiles redefinieron qué significa ser estadounidense, qué significa ser elegante, qué significa ser relevante.

Fashion Wave
6 de septiembre, 5:43 a.m., The High Line
Stuart Vevers no ha dormido en 38 horas. Está de pie en The High Line, el parque elevado que atraviesa el West Side de Manhattan, observando cómo su equipo instala las últimas sillas para el desfile de Coach que comenzará en exactamente 13 horas. El sol apenas empieza a asomar entre los edificios de Chelsea, y él sostiene una taza de café que se enfrió hace una hora.
"¿Estás seguro de esto?", le pregunta su director de producción por tercera vez esa madrugada. "Nunca nadie ha hecho un desfile al aire libre en The High Line al atardecer. Hay demasiadas variables. El viento. La luz. La gente random que pasa".
Stuart no aparta la vista del horizonte. "Por eso mismo. Nueva York es impredecible. La moda americana es impredecible. Si vamos a hacer esto, tiene que sentirse real, no controlado". Toma un sorbo de su café frío y hace una mueca. "Además, ya no hay vuelta atrás. Las invitaciones salieron hace tres semanas".
Coach lleva dos años fuera del calendario oficial de New York Fashion Week. Dos años trabajando en silencio, rediseñando cada aspecto de la marca, esperando el momento correcto para regresar. Este es ese momento. O será el error más público y costoso que Stuart haya cometido en su carrera.
Trece horas después, 6:47 p.m., mismo lugar
La luz del atardecer golpea exactamente como Stuart lo había visualizado durante meses. Dorada, suave, haciendo que el skyline de Manhattan parezca escenografía de película. En las primeras filas, Anna Wintour ajusta sus lentes oscuros. Tres filas atrás, Lila Moss revisa su teléfono mientras su madre Kate le envía mensajes de buena suerte desde Londres.
El primer beat de la playlist curada por Phoebe Bridgers suena. Es un cover lento, casi melancólico de "America the Beautiful". Y entonces Kaia Gerber emerge caminando sobre la pasarela elevada, vistiendo un trench de cuero color caramelo que se mueve con el viento de septiembre como si fuera líquido.
Stuart, escondido detrás de la estructura, siente que sus pulmones vuelven a funcionar después de retener la respiración durante dos años. Funciona. Todo esto funciona.
En los siguientes doce minutos, 32 modelos caminan llevando la visión que Stuart ha estado construyendo: bolsos Tabby del tamaño de una billetera hasta versiones que podrían cargar un fin de semana completo, vestidos prairie con botas western que se ven sacados de un álbum familiar de 1975 pero cuestan más que un mes de alquiler, y esos trench coats que logran algo casi imposible—verse clásicos y completamente nuevos al mismo tiempo.
Cuando la última modelo desaparece y la música se desvanece, hay tres segundos de silencio absoluto. Luego, aplausos. Anna Wintour se pone de pie. Cuando Anna se pone de pie, todos se ponen de pie. Stuart exhala.
Esa noche, en sus oficinas de Times Square, el equipo de Coach cuenta los números: las órdenes de pre-compra superaron los veinte millones de dólares. Pero Stuart no está pensando en números. Está pensando en que acaba de demostrar algo que mucha gente dudaba: que Coach todavía importa. Que Nueva York todavía importa.
En Brooklyn, al mismo tiempo, otro tipo de revolución
Mientras Stuart recibe felicitaciones en Manhattan, Tory Burch está en el Brooklyn Navy Yard revisando por última vez el set para su desfile del día siguiente. Es casi medianoche. Su equipo está agotado. Pero ella necesita asegurarse de que cada detalle esté perfecto.
El concepto surgió tres meses atrás en una conversación con su hija. "Todas mis amigas piensan que tu ropa es para sus mamás", le dijo sin filtro. "Tipo, linda, pero... mom-core". Tory pudo haberse ofendido. En lugar de eso, preguntó: "¿Qué tendría que hacer para que tú y tus amigas quisieran usarla?".
La respuesta era simple y terrificante: romper todo lo que Tory Burch representaba. El preppy pulido, los twin sets perfectos, la estética Upper East Side que había construido durante dos décadas. Su hija le mostró fotos de TikTok: chicas usando faldas de tartán con cadenas gruesas, ballet flats con plataformas ridículamente altas, logos gigantes con ironía post-moderna.
"Es preppy pero punk", explicó su hija. "Es como... si Blair Waldorf se mudara a Williamsburg y empezara a escuchar The Clash".
Ahora, doce horas antes del show, Tory observa las prendas colgadas en el backstage. Faldas plisadas con tachuelas. Twin sets desconstruidos. Su logo Reva en versión XXL que hace tres meses pensó que era ridículo y ahora le parece brillante. Tiene 55 años. Está apostando su marca entera a la opinión de su hija de 23.
"¿Muy arriesgado?", le pregunta a su director creativo.
"Totalmente", responde él sin dudar. Luego sonríe. "Pero si funciona, es genius".
7 de septiembre, 7:34 p.m., Brooklyn Navy Yard
La playlist comienza: Blondie, "Heart of Glass". Las primeras modelos emergen y algo cambia en la energía del lugar. Las editoras senior de Vogue se enderezan en sus asientos. Los compradores de Bergdorf se inclinan hacia adelante. Esto no es la Tory Burch que conocían.
En la tercera fila, una influencer de 22 años con tres millones de seguidores en TikTok le susurra a su amiga: "Okay, wait. Esto está sick". Ya está grabando para su Instagram Stories. Para cuando el desfile termina, sus videos tendrán siete millones de vistas.
Las 48 horas siguientes demuestran que Tory leyó el momento perfectamente: la colección completa se agota en pre-órdenes. No en una semana. En 48 horas. Su equipo de e-commerce llama en pánico porque el sitio web crasheó tres veces. Las chicas de TikTok no solo quieren Tory Burch. La necesitan.
Esa noche, Tory le envía un mensaje a su hija: "Tenías razón". La respuesta llega instantánea: "Obviamente. Ahora págame como consultora creativa 😂".
En Chelsea, Jack y Lazaro toman la decisión más difícil
8 de septiembre, 2:17 a.m. Jack McCollough y Lazaro Hernandez están sentados en el piso de su estudio en Chelsea, rodeados de muestras de tela y media docena de pizzas a medio comer. En seis horas presentarán su colección en Dia Chelsea. Y acaban de cambiar completamente la dirección.
"¿Recuerdas por qué empezamos Proenza Schouler?", pregunta Jack mientras sostiene un vestido de punto tan fino que es casi transparente.
"Porque estábamos hartos de que la moda fuera complicada", responde Lazaro. "Queríamos cosas simples. Perfectas. Que hablen por sí mismas".
"Entonces, ¿por qué llevamos tres temporadas haciendo maximalist bullshit?". Jack arroja el vestido sobre la mesa. "Esto. Esto es lo que somos. Minimalismo. Pero sexy. Sin disculpas".
Seis horas después, cuando las modelos caminen usando esos vestidos de punto que abrazan el cuerpo sin restricción, cuando los blazers sin nada debajo hagan que medio público inhale audiblemente, cuando las sandalias atadas con tacones arquitectónicos completen looks que gritan "poder silencioso", Jack y Lazaro sabrán que volver a sus raíces fue la decisión correcta.
Los compradores lo confirman en las siguientes 72 horas: ocho millones de dólares en órdenes. Pero más importante que los números es el mensaje en los blogs de moda, en los Instagram posts, en las conversaciones backstage de los siguientes desfiles: "Proenza está de vuelta".
Hillary Taymour planta semillas en Union Square
9 de septiembre, 4:12 p.m. Hillary Taymour de Collina Strada está parada en Union Square repartiendo pequeñas bolsas de semillas a cualquier persona que pase. No son invitaciones. Son literalmente semillas. Girasoles, lavanda, albahaca.
"Si vienes a mi show mañana, planta estas después", le dice a un skater que pasaba. Él la mira confundido. "Es gratis el show. Cualquiera puede venir. Pero tienes que comprometerte a plantar algo. Es... simbólico o lo que sea".
El skater toma las semillas. "Cool. ¿A qué hora?".
Al día siguiente, Union Square está llena de gente que normalmente nunca entraría a un desfile de moda. Activistas climáticos con carteles, vecinos curiosos, estudiantes de NYU que vieron el post en Instagram. Entre ellos, mezcladas sin distinción, están las editoras de Vogue, los compradores de Nordstrom, las influencers con millones de seguidores.
Cuando las modelos emergen usando vestidos hechos de paracaídas reciclados, suéteres tejidos con redes de pesca del océano, y mensajes bordados que dicen "The Future is Now", algo mágico sucede: todos entienden que esto no es solo un desfile. Es un movimiento. Y están siendo invitados a ser parte de él.
Hillary, observando desde un lado con lágrimas en los ojos, le susurra a su asistente: "Esto. Esto es por lo que lo hacemos. No por las ventas. Por esto".
Pero las ventas llegarán de todas formas. Porque resulta que la autenticidad, cuando es real, también es increíblemente vendible.
La biblioteca pública se convierte en teatro surrealista
10 de septiembre, 8:47 p.m. En la New York Public Library, 400 personas están sentadas en completo silencio. Llevan veinte minutos sentadas. Algunos empiezan a inquietarse. "¿Ya va a empezar?", susurra alguien. Entonces, las luces se apagan completamente.
Thom Browne lleva seis meses planeando esto. Lo que está a punto de suceder no es un desfile de moda en el sentido tradicional. Es teatro. Es arte performance. Es un comentario social sobre la conformidad envuelto en trajes grises que cuestan más que un auto usado.
Cuando las luces regresan, hay 50 modelos parados en el espacio. Todos idénticos. Trajes grises. Movimientos robóticos. Caminan en formación perfecta, como soldados, como corporativos, como cualquier persona que ha sentido el peso de tener que "verse profesional" para ser tomada en serio.
El público no sabe si aplaudir o permanecer en silencio. Anna Wintour anota algo en su libreta. Thom, oculto tras una columna, sonríe. Los tiene exactamente donde quiere.
Entonces comienza la segunda fase. Los trajes empiezan a "deshacerse". Colores emergen. Formas imposibles aparecen. Una modelo lleva una falda con armadura estructural que parece sacada de una película de ciencia ficción. Otra usa un blazer con mangas que se extienden como alas. Todos los modelos usan zapatos plataforma de quince centímetros. Ni uno solo tropieza.
Para el tercer acto, la música—que había sido monótona y repetitiva—explota en una sinfonía completa. Los modelos se mueven libremente. La transformación está completa: de conformidad a liberación creativa. La metáfora no es sutil. No se supone que lo sea.
Cuando termina, 45 minutos después de comenzar, el público se pone de pie espontáneamente. En Fashion Week, donde el aplauso educado es la norma, esto es standing ovation real, prolongada, emocional. Una editora senior de WWD tiene lágrimas en los ojos. "Esto", dice a nadie en particular, "esto es por lo que amamos la moda".
En un warehouse de Chinatown, la GenZ encuentra a su diseñadora
11 de septiembre, 10:23 p.m. Carly Mark está en el backstage de su show de Puppets and Puppets, pegando con cinta adhesiva un detalle que se despegó de un vestido hecho literalmente de sacos de papas. Su teléfono no para de vibrar. La lista de espera para su bolso "Crying Eye" acaba de superar las diez mil personas. Tiene 29 años. Hace tres años estaba trabajando desde su apartamento de Bushwick.
"¿Lista?", pregunta su mejor amiga, que también es su directora de casting. No hay modelos profesionales en este show. Son amigos, artistas locales, la chica que trabaja en la cafetería donde Carly va todos los días.
"Nunca", responde Carly. "Pero hagámoslo de todas formas".
Lo que sucede en los siguientes quince minutos es un masterclass en entender tu audiencia. Los jeans con "manchas de café" pre-diseñadas. Los suéteres que dicen "I'm Very Busy" y "Please Leave Me Alone". Los vestidos de sacos de papas que no deberían funcionar pero funcionan perfectamente. Todo es irónico. Todo es autoconsciente. Todo es exactamente lo que la Generación Z quiere.
En el público, una influencer de 21 años ya está filmando su video de TikTok: "Okay so Carly Mark just ENDED everyone else...". Cincuenta millones de personas verán ese TikTok en la siguiente semana. Cincuenta millones.
Esa noche, Carly se sienta en los escalones fuera del warehouse, todavía procesando lo que acaba de pasar. Su amiga se sienta a su lado. "Lo lograste", le dice.
"Aún no puedo creerlo", responde Carly, viendo su teléfono explotar con notificaciones. "Hace tres años estaba cosiendo estas cosas en mi cuarto".
"Bueno", dice su amiga, "mejor acostúmbrate a esto. Porque ya no hay vuelta atrás".
Catherine Holstein y la perfección silenciosa
Mientras otros diseñadores hacían espectáculos dramáticos y declaraciones ruidosas, Catherine Holstein de Khaite invitó a 80 personas a un townhouse privado del Upper East Side. No hay luces dramáticas. No hay música experimental. Solo luz natural filtrada a través de ventanas del siglo XIX y el sonido de tacones sobre piso de madera antigua.
Es el antishow. Y es perfecto.
Las piezas que aparecen—suéteres de cachemira que cuestan más que un mes de alquiler pero que lo valen, jeans que de alguna manera hacen que tu cuerpo se vea como su mejor versión, vestidos slip de corte tan perfecto que entiendes por qué cuestan dos mil dólares—no gritan. Susurran. Y en una semana llena de gritos, los susurros son lo que destaca.
Una compradora de Bergdorf Goodman, que ha asistido a Fashion Week durante 23 años, le susurra a su colega: "Esto. Esto es lo que nuestras clientas realmente quieren. No las que tienen 25 y quieren ser vistas. Las que tienen 45 y ya no necesitan probarse nada".
Las listas de espera para las botas (mil ochocientos dólares), el blazer de cachemira (dos mil cuatrocientos), los jeans Danielle (trescientos)—todas se llenan en las siguientes 72 horas. Ocho millones en órdenes. Para una marca que no pone logos en nada, que no hace colaboraciones virales, que simplemente hace ropa perfecta para mujeres que pueden permitírsela y saben reconocer calidad cuando la ven.
Times Square se convierte en pasarela de celebración
LaQuan Smith quería hacer algo que nunca se había hecho: un desfile completamente público en Times Square. Su equipo pensó que estaba loco. La ciudad de Nueva York pensó que era pesadilla logística. Pero LaQuan fue insistente: "Si vamos a celebrar todos los cuerpos, todos deberían poder verlo. No solo las 200 personas con invitaciones correctas".
Entonces ahí está, en pleno Times Square, con turistas confundidos mezclados con editores de moda, vendedores de hot dogs pausando para ver, y Honey Dijon en un DJ booth improvisado poniendo música que se escucha en tres cuadras.
Cuando Precious Lee abre el desfile—casi dos metros de altura, curvas que el vestido de cuero abraza como segunda piel—el rugido es audible. Esto no es el aplauso educado de un venue privado. Es celebración pública, colectiva, democrática.
Durante los siguientes veinte minutos, modelos de tallas 0 a 18 y edades de 19 a 55 caminan usando vestidos que celebran en lugar de ocultar, cuero en colores imposibles, cut-outs estratégicos, transparencias con lingerie que es parte del diseño. El mensaje es claro: tu cuerpo es perfecto ahora. Úsalo.
En el front row improvisado, Cardi B está de pie aplaudiendo. Kim Kardashian está filmando con su teléfono. Megan Thee Stallion está gritando como si estuviera en un concierto. Y en las calles alrededor, cientos de personas que nunca han estado en un desfile de moda están experimentando algo que los hace sentir incluidos en lugar de excluidos.
Esa noche, las ventas pre-order alcanzan medio millón de dólares. Pero LaQuan no está mirando números. Está leyendo mensajes en redes sociales de mujeres que dicen "gracias por hacerme sentir que la moda también es para mí". Y ese es el número que importa.
En un warehouse de Brooklyn, dignidad como diseño
Willy Chavarria nunca ha hecho moda bonita. Hace moda con propósito. Y esta noche, en un warehouse de Brooklyn transformado para parecer un auto shop mexicano, está a punto de presentar la colección más personal de su carrera.
Una banda de mariachi toca en vivo. No música de fondo. Mariachi real, completo, emotivo. Las primeras filas tienen modelos profesionales, pero detrás hay trabajadores reales: mecánicos, jardineros, trabajadores de construcción que Willy invitó personalmente. "Esta ropa es sobre ustedes", les dijo. "Deberían estar aquí viéndola".
Las piezas que aparecen—camisas blancas oversized que podrían ser uniforme de trabajo pero están hechas de seda, pantalones Dickies en proporciones XXL, crucifijos y vírgenes como elementos de diseño, workwear elevado a alta moda—cuentan la historia de la clase trabajadora estadounidense. Específicamente, la historia mexicano-americana que es parte de Willy pero que la industria de moda históricamente ha ignorado.
Cuando el último modelo sale—un hombre de 68 años que trabaja en construcción desde los 15, usando un abrigo negro monumental que lo hace ver como realeza—el público se pone de pie. No es el standing ovation educado de otros shows. Es prolongado, emocional, algunos tienen lágrimas.
Una editora de Vogue que normalmente mantiene compostura profesional está llorando abiertamente. "En veinte años cubriendo Fashion Week", le dice a su asistente, "nunca había visto algo así".
Bergdorf Goodman, Ssense y Dover Street Market compran la colección completa. La validación comercial llega. Pero Willy está mirando a los trabajadores que invitó, viendo sus rostros mientras procesando que su ropa, su cultura, su existencia acaba de ser elevada a alta moda. Y ese momento vale más que cualquier orden de compra.
11 de septiembre, 11:47 p.m., un bar en el West Village
Seis días después de que empezara, Fashion Week está oficialmente terminada. En un bar en el West Village, un grupo mixto de diseñadores, modelos, editores y estilistas están colapsados en una mesa en la esquina. Algunos todavía llevan sus looks de los after-parties. Otros ya cambiaron a jeans y hoodies.
"¿Alguien más siente que esta temporada fue... diferente?", pregunta una editora de Teen Vogue, mirando su cerveza como si tuviera la respuesta.
"Totalmente diferente", responde un fotógrafo que ha estado cubriendo NYFW durante una década. "Menos sobre demostrar quién gasta más en producción. Más sobre... no sé, autenticidad?"
"O tal vez", interrumpe una estilista, "finalmente estamos haciendo la moda que la gente realmente quiere. No la que pensamos que deberían querer".
Alguien levanta su copa. "Por Nueva York. Por todavía ser relevante".
Todos beben.
Afuera, Manhattan continúa siendo Manhattan: ruidosa, caótica, imposible. Pero por seis días de septiembre, fue algo más. Fue el lugar donde la moda recordó que no se trata de ropa. Se trata de historias. Se trata de momentos. Se trata de hacer que las personas sientan algo.
Y en 2025, por esos seis días, Nueva York demostró que todavía sabe hacer eso mejor que cualquier otra ciudad en el mundo.
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Fashion Wave
Redactor especializado en moda y tendencias para Fashion Wave.
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